Dos extraños

El día que conocí la mujer perfecta fue un día normal. Caluroso, pero agradable. La conocí, la ví, y solo tuve un segundo para darme cuenta de su belleza. Miraba sus ojos color ocre, miraba su risa pícara y su vestido rojo. Quedé tonta y totalmente embelesado. La mujer perfecta que conocí, no era una rubia despanpanante ni tenía cuerpo de miss universo; y es que, a decir verdad, no me interesarían ese tipo de mujeres. Ese día, el día que la conocí, supe que mi destino tomó un inesperado giro, algo, alguien me había puesto un motivo por el cual preocuparme por respirar y vigilar los latidos de mi corazón. La vida comenzó a cobrar mas sentido en el camino recorrido. Nos proclamamos amantes. A cada paso con ella se me mostraba mi perfección. Tomándome de la mano me permítio que la siguiese, que la acompañase en su travesía por la oscura incertidumbre. Sabiendo de antemano que en el camino muchas cosas cambiarían, no me negué e incluso la incite y la animé. La bruma de la total incertidumbre cubría todo este camino, lo cobijaba como si fuese su pequeño bebé. Aún así sin ningún temor, con total voluntad de pasar por encima de lo que fuese, comenzamos la travesía: escalamos escarpadas colinas llenas de árboles tenebrosos, cruzamos peligrosos valles llenos de una bruma de miedo, escalamos montañas de rencores, nadamos por ríos de dolor, huimos de fieras iracundas... Todo lo hicimos los dos, todo absolutamente todo.

Cuando ya casi logramos encontrar la forma de luchar contra todas esas fuerzas que nos desgastaban, tomamos un descanso y nos miramos a los ojos. Error. Nos dimos cuenta de quien estaba a nuestro lado y comenzamos a dudar. Comenzamos a imaginar que ya no seríamos capaces de continuar, que ya no seríamos capaces de llegar al lugar donde podríamos ver, al menos, una parte del camino mucho más allá de la bruma. Cada uno tomo parte de duda, fue una mutua repartición, frenamos el correr en nuestra travesía. Olvidamos completamente todo por lo que ya habíamos pasado. Olvidamos todos los peligros que ya habíamos superado, y lo mas importante: olvidamos que estábamos muy cerca de llegar donde queríamos. No queríamos mirarnos a los ojos, no queríamos ver lo que seguía en el camino porque nos sumíamos en la desconfianza. Extrañamente comenzamos a pelear. Peleas por miedo a seguir solos y peleas por orgullo a saberse capaces de seguir solos. Máscaras aparecían, excusas se ideaban. Comenzó una batalla por esconder su propio ser del otro, en cuyo campo se mutaba la imagen del otro en algo que se consideraba inútil. Una falsa identidad de uno y otro tomó control de la mente de cada uno. Ya eramos enemigos a muerte. Nos apuñalamos más no poder el uno al otro. Morimos porque no logramos darnos cuenta de donde estábamos y de entender que, aunque tomados de la mano, cada uno luchaba en el mismo camino con diferentes adversidades, algunas mutuas pero otras no. 

Una noche una niña caminaba por un sendero en una escapada colina. Buscaba salir inocentemente de su propio dolor. Su cara de sorpresa dejaba ver la grotesca imagen de la escena que veía. Logró ver el camino por el que dos amantes, cogidos de la mano, transitaron en su último tramo y la escena de su desenlace. Al recuperarse, luego de tomar sabiamente una corta respiración, prosiguió su camino. Necesito dar solo quince pasos para encontrarse en un valle hermoso donde la bruma no lograba llegar, un valle donde todo era luz y color. La niña olvidó por completo los dos amantes, los dejó envueltos en su tristeza. Ella consiguió lo que ellos no: la completa felicidad.

Para S.V


Por : Paper
2 Comments

2 comentarios:

Vero Valencia dijo...

Alguien decía que cuando escribíamos un cuento se abría una dimensión en la que las palabras escritas tomaban forma en la realidad, aquellos personajes, lugares, olores, sonidos, sabores imaginados empezaban a vivir como un hilo expansivo que se extendía tanto para atrás como para adelante. Así muchos escritores escriben para realizar aquello que le es imposible en esta vida. Yo por mi parte desearía que esta historia no se realizara en esta vida.

Vero Valencia dijo...

Alguien decía que cuando escribíamos un cuento se abría una dimensión en la que las palabras escritas tomaban forma en la realidad, aquellos personajes, lugares, olores, sonidos, sabores imaginados empezaban a vivir como un hilo expansivo que se extendía tanto para atrás como para adelante. Así muchos escritores escriben para realizar aquello que le es imposible en esta vida. Yo por mi parte desearía que esta historia no se realizara en esta vida.